Los últimos días siempre son extraños: siempre tiendo a quedarme en los sitios más que la gente que vino conmigo. El resultado, un rosario de despedidas, algunas temporales, otras no tanto. Y cuando la gente con la que descubres un lugar se va, este, indefectiblemente, cambia su caracter.
Por eso no volví jamás a Pisa, ni a Spoleto, y probablemente tampoco pise Rotterdam. Porque sin Laura, Gaia, Anni o Mar -¿solo chicas?- no serían las mismas ciudades, no reconocería Beijerlandselaan, Via del Mercato o la famosa torre. Tal vez me ocurra lo mismo en Guatemala.
Apuntes de estas extrañas jornadas, en las que Sinán Pacha está lento de reflejos, perezoso para el amor (y eso que era mi especialidad), tendente a cierta nostalgia sobrevenida y, sinceramente, un poco harto de todo:
.- "Tu...¿tienes un blog sobre Guatemala?". Silencio y miradas interesadas por parte del resto de jóvenes cooperantes que acaban de llegar y que están sentados en mi salón. Los ha traído I. para que vean la casa, y por no dejarles solos, que los primeros días son siempre fastidiados. Dejo el libro en la mesa. I. está en la cocina, P. arriba y no me apetece nada que nadie sepa lo del blog en cuestión. "Bueno, es un tema delicado. Sí pero no. Por lo menos aquí". Y cambio de tema. Lo que faltaba, adios vía de escape. Pero E. (que es el nombre de la interfecta) parece maja y, además, habla muy poco en todos los sentidos. Lo mismo me salvo...
.- G. ya está en casa. En mi casa, para mas señas, instalado en una cama que le hemos bajado al salón. Tiene días mejores y peores, pero se ha salvado de una buena. Las tres jornadas de hospital han sido clásicas: visitas coordinadas con otra gente, partidas de brisca y de escoba (¡hey, como con mi abuela!) y momentos inolvidables. Me quedo con el martes, hacia las cinco, los dos viendo asombrados y un poco temerosos un documental sobre ritos de iniciación sexual africana en Discovery Channel. Se abre la puerta y aparece una monja vestida de blanco, que anuncia su intención de "reconfortar espiritualmente al enfermo". Reacciono rápido levantándome y agarrando el abrigo, pero antes de poder decir nada ella añade, bloqueándome el paso con una mirada inmisericorde: "y a su acompañante, por supuesto". Tiene unos ojos gris acero y la barbilla firme, con labios finos y crueles. Me derrumbo aceptando mi destino. La hermana es de Burgos, lleva 32 años en Guatemala y los siguiente cuarenta y cinco minutos son de este tenor:
La hermana: "¿Van a menudo a misa?"
G.: "Cuando se muere alguien".
Sinan: "Yo prefiero las bodas. Entre gente de sexo distinto, claro. Ya sabe, peras con manzanas y esas cosas".
La hermana (imperturbable): "El hospital tiene una capilla, en caso de que deseen recogerse un momento".
G.: "No, a mí ya me han cogido y recogido gracias al tobillo" (coger significa joder, por estas latitudes)
Sinan: "Me parece escandaloso, francamente, recogerse a si mismo, y más en una capilla. ¿No te quedabas ciego con eso?"
G.: "Yo sigo viendo bastante bien"
La hermana (interrumpiendo un punto desabrida): "Es la iluminacion del espíritu lo único que proporciona una paz cegadora. Y mediante la confesión, creanme, la tensión de estos días de prueba quedaría muy aliviada".
G., musitando audiblemente: "Ya te podrías caer tu de la moto y me lo cuentas luego".
La hermana (con un brillo vengativo en los ojos): "Bueno, ahora vendrán a darle el baño de cama. Ayudaré a la enfermera y así podremos continuar charlando, que entre compatriotas...".
Sinan y G., al unísono en dos matices distintos (divertida incredulidad en mi caso, horror cerval en el suyo): "¿Baño de cama?"
Lo que siguió no es en absoluto descriptible. En todo caso, por respeto a G., os lo ahorro. Solo añadiré que la hermana frotaba con una energía demencial lugares que, a priori, uno imaginaría no serían del conocimiento anatómico de una religiosa.
.- La despedida de I. Vuelve, pero la sensación es rara.
Al menos he vuelto a cocinar...