Sinan Pacha...y un oceano de por medio
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El Día del Ejército.
Hace como una semana estaba yo en mi nueva casa discutiendo con E., mi futuro compañero de penalidades, si tener un bar en el salón era una absoluta necesidad. Concluimos por unanimidad que sí, y pasamos a discutir si realmente la barra de cromovanadio no podía sustituise por algo un poco más asequible, cuando de pronto un estruendo enorme sacudió todo el edificio.
Las luces se apagaron, un cristal saltó y yo, lo primero que pensé, fue en un terremoto. Más concretamente, en el terremoto. Guate es tierra de sacudidas sísmicas, y en el año 76 una de ellas arrasó la ciudad y mató casi a cuarenta mil personas. Desde entonces todo el mundo vive recordando a las simpáticas placas de Cocos y del Pacífico, deseosas de friccionarse entre ellas y quitarse de encima unos cuantos miles más de seres humanos. Y yo allí, de rodillas en el suelo y a oscuras, muy asustado esperando que, directamente, la caida del techo sobre mi cabeza solucionase de una vez por todas la disputa de la barra de cromovanadio. Pero no.
Un poco aturdidos, salimos a la calle; todo estaba tranquilo, pero hacia zona 18 se veía un resplandor infernal, con una humareda enorme. Parecía un volcán (también tenemos de eso, aunque relativamente lejos de la capital), pero sin montaña. Uno de los vecinos, ya mayor, dijo que lo que estaba ardiendo era un cuartel militar. Y efectivamente, había estallado el polvorín Mariscal Zavala, convenientemente situado en pleno casco urbano. El ejército, nos enteramos despues, guardaba allí lo que le había sobrado en sus masacres de civiles. El arsenal no tiene desperdicio: minas claymore (de esas que están pensadas para causar mutilaciones en cien metros a la redonda), obuses de 155mm, tan útiles a la hora de bombardear columnas de refugiados o granadas anticarro. No porque la casi inexistente guerrilla tuviese tanques, sino porque eran muy agradecidas a la hora de prender fuego a la escuela o a la iglesia en la que previamente habían metido a todos los mayas disponibles. No me lo invento, que son casos documentados y bien recordados.
En fín, que todo el mundo se indignó bastante: hace diez años ocurrió un episodio similar y murió mucha gente, y aunque en esta ocasión tan solo hubo que lamentar dos víctimas (asesinadas por gente que aprovechó para intentar robar todo lo que pudo, así estan las cosas), pues coincide con que el jueves, por primera vez en cinco años, se celebra el Día del Ejército. Y francamente, que en un país como Guatemala se cierren las calles para que los militares desfilen impasible el ademán, pues ya da bastante rabia.
Así las cosas, al día siguiente Nineth Montenegro (una de las pocas personas políticas integras de estas latitudes) denuncia que había estado investigando desde el parlamento lo siguiente: el ejército revendía explosivos a particulares, que los utilizaban o bien para hacer cohetes, o bien para actividades criminales. Por unos quetzales se podía conseguir de todo, siempre y cuando estuviera caducado, y las ganancias totales iban a parar a una empresa llamada Explosivos Mayas, gestionada por oficiales en activo. Cuando la diputada Montenegro comunicó al ministerio de defensa su intención de visitar el polvorin de Mariscal Zavala, a la noche siguiente este explotó misteriosamente. Que casualidad, oye.
En el Centro hemos decidido abrir el jueves, y bajo el título "De la estupidez de la guerra", proyectar la peli "Apocalypse Now", versión del director. Ni se darán cuenta, pero siempre cabe la posibilidad y la esperanza de alguna carta al director protestando por semejante ultraje. Que ilusión me haría.
*Pintado a gran tamaño en la camioneta que me trae de Rabinal: "Carmensita, tus mentiras". Sublime.
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Los micros y yo
Llevo nueve horitas sentado delante de la computadora de las narices. Mañana por la mañana tengo que dar una charla a un grupo de estudiantes gringos de la universidad de Arizona (a los que, no sé muy bien por qué, imagino con sombrero de cow-boy y ardientemente republicanos) sobre el arte contemporáneo de Guatemala. En inglés, of course. Todo sea por difundir la cultura chapina, por participar en un master del universo que organiza dicha universidad como support teacher y, por supuesto, por los doscientos dólares del ala que me largan a cambio de impartir mi balbuciente magisterio durante noventa minutitos. Que mudarse es caro, chicos, y más si se comparte piso con un arquitecto de acendrada vena estética. (ahora pretende poner una barra de bar, hecha en cromovanadio, en nuestro minúsculo salón).
Ayer inauguramos nuestra , gracias a dios modesta, contribución a los Imperiales Fastos por el cuarto centenario de la publicación de El Quijote de las narices. En un intento por sacudir un poco el polvo al concepto del asunto, se nos ocurrió aprovechar una expo que nos mandaban de Madrid consistente en los trabajos de una veintena de dibujantes de cómic que habían (jugosa subvención mediante, imagino) adaptado diferentes capítulos de la obra cervantina, Inmortal y Espléndida). Así que los hemos imprimido en lo que aquí llaman viniles o mantas (las banderolas estas grandes) y las hemos llevado lo más lejos posible de nuestro ultravanguardista centro cultural. Más exactamente, al museo de la Universidad, en zona 1. La idea era buena (cumplir con las exigencias de la embajada sin mezclarnos demasiado en ello), pero no contamos con el alto precio que el destino iba a hacernos pagar por nuestra falta de compromiso.
A los chapines, en el mundo de la cultura, les encanta el protocolo: lo que en España se soluciona con unas palabras por parte de algún visiblemente incómodo, o borracho, o a veces ambas cosas, representante oficial, aquí se resuelve en una serie de rituales bizantinos fascinantes en su barroquismo, dignos de una peli de Greenaway. No contamos con ello, evidentemente, y fuimos tomados por sorpresa.
El auditorio de la Universidad estaba lleno a rebosar, casi cuatrocientas personas. Yo comprendí el error que estábamos cometiendo cuando, despreocupado, entraba comiéndome unas cocadas y comentando con Rosina, mi superdirectora, algo acerca de la instalación de las piezas. Me atraganté cuando, al fondo de la inmensa sala, sentado en una silla situada detrás de una mesa cubierta por un tapíz y ya preparado para su sacrificio, ví a nuestro consul, víctima de su puntualidad. El hombre, flanqueado por lo que parecían ser dos maceros, sudaba a mares, expuesto a la pública visión, mientras un amenazador atril con cuatro micrófonos y un par de cámaras de TVUSAC le esperaban para consumar el horrible final. El silencio se podía cortar con un cuchillo.
R. y yo observamos dos sillas a los lados del pobre hombre, y comprendimos. Palideciendo, retrocedimos desordenadamente intentando ganar la puerta. Demasiado tarde: una voz (que podía ser la de dios) tronó: "Y para acompañar al Sr. Consul de España en la inauguración de esta muestra, tenemos a la licenciada R..!". Todo el mundo se volvió hacia nosotros, apareció un ujier e implacable se la llevó hacia el estrado de marras. La mirada de mi directora parecía decir sálvate tú que puedes, y yo comencé a pensar la ubicación de la moto, pero de qué: "Y por último pedimos que suba, por parte del CCE,, el licenciado Sinan Pacháaaaa!". Cazzo, cazzo e mille volte cazzo.
Apresuradamente comprobé que estaba presentable: la cremallera subida (si, si reíos), la corbata de dragones -es más horrible de lo que parece- minimamente recta, las greñas no demasiado desgreñadas y me encaminé hacia el cadalso. Me senté junto a mis compañeros de infortunio (B., el consul, estaba totalmente blanco de angustia) y a mi lado, improvisamente, apareció la directora del Museo para informarme de que, tras los himnos (en este punto un escalofrío recorrió mi cuerpo) hablaría yo primero. "¿Pero sobre qué?", le pregunté desesperado. "Sobre El Quijote, claro", como si fuese lo más normal del mundo, me respondió.
Los himnos eran tres: el guatemalteco, que es el más largo del mundo con toda probabilidad, el de España ("franco, franco, que tiene el culo blanco, porque su mujer..." y el de la Universidad. De ese me sabía lo de Gaudeamus Igitur, y mientras el cabrón del cámara me tomaba unos primeros planos de las muelas del juicio, acompañé a toda la concurrencia en la catarsis colectiva del canto.
Y llegó el momento. Se apagan las últimas notas, la directora del Musac me da un codazo, me levanto y empiezo a pensar freneticamente que hostias voy a contarles a todos estos señores. Ya estoy detrás del estrado: "Mmmmhhhh...Buenas tardes, ehhhh, noches, señoras y señores...Eehhhh -joder, si al menos hubiese podido beber unas cervezas antes...- El Quijote. (expectación por parte del público). El Quijote y el Cómic. (Más expectación). Es para mí un honor poder expresar mi agradecimiento a la Universidad de San Carlos (murmullo de aprobación) por acoger esta nuestra muestra que, sin lugar a dudas, será de su interés (aprobación moderada). El Quijote cumple ya cuatrocientos años (asentimiento general). Es mucho tiempo (total acuerdo por parte de la concurrencia) Y es por ello que puede resultar curioso mezclarlo con un género como el cómic (¡Y que lo diga!, se oye al fondo. Murmullos de recriminación del resto del público). Esto es debido a la modernidad de su mensaje. Porque todos estamos de acuerdo en que su mensaje, continúo ya abandonado en mi viaje hacia el abismo- es intrinsecamente moderno (Murmullos: "si, si"-"chssttttt"-"silencio, por favor" ¿Y por qué es moderno -que calor hace, joder-, me pregunto? (silencio total. Alguien levanta la mano en tercera fila. Hago caso omiso). Pues es moderno porque Don Quijote sueña. Se atreve a soñar, a romper las barreras -me lanzo- de la realidad, fabricar su propio mundo, huir de las convenciones sociales, superar las limitaciones de una época (todo con tono de arenga. El público calla y me mira fijamente). Y sobre todo -con el rabillo del ojo veo como R. se lleva las manos a los ojos-, Don Quijote es capaz de amar. Ama idealizando (conato de aplauso; ¡como siempre!; ¡Silencio!), como muchas veces hemos hecho todos, atribuyendo a una persona dones que solo existen en su imaginación. ¿Y es eso importante? (¡No, no!) ¿No es ese amor digno de admiración? ¿No es mucho más honesto que las relaciones a las cuales la conveniencia social -muy pickwick todo-nos conduce? ¡Huyamos de la trampa, nos dice Cervantes, que la costumbre... y en ese momento la directora aprieta un botón a mi lado, mis micros se apagan y ella, mirándome muy raro, dice a través de un inalambrico: "demos las gracias al licenciado por su original visión de la obra cervantina. A continuación...". Así que, entre los escasos aplausos del público, bajo del estrado, abandono la tarima, alcanzo la puerta y fuera me encuentro con algún conocido, muerto de risa. Despues, claro está, nos emborrachamos.
.- Os recomiendo mucho el blog de onthedot. Tengo un link a la derecha de vuestras pantallas. Yo me he divertido muchísimo...y también he aprendido alguna cosilla sobre cierta parte de Estados Unidos.
.- El coordinador de la ONU en Guate cobra 450.000 dólares anuales. Los directores de Soros, IEPADES y Action Aid, 5.000 dólares al mes. El sueldo mínimo es de unos setenta u ochenta dólares mensuales. Es alucinante. Volveré sobre el tema de los organismos internacionales, las ONG´s y el chollete que se han montado algunos con el tema de la cooperación.
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Tenemos un comunicado.
A la Atención del Reverendísimo Sr. D. Ricardo Blazquez, Presidente de la Conferencia Episcopal. Con copia para el Reverendísimo Camarlengo de Su Santidad el Papa, Ciudad del Vaticano:
"Los abajo firmantes, ciudadanos españoles residentes en Guatemala, EXPONEN:
que impresionados ante las formas y fondos exhibidos por el ex papable cardenal Rouco Varela a lo largo de su vida pública, y especialmente en la manifestación del 18 de Junio pasado
que tremendamente agradecidos por la revelación de que el proyecto según el cual se hará efectivo el derecho a la igualdad que pregona nuestra Constitución y que extiende el matrimonio a gays y lesbianas supone el peor ataque sufrido por la iglesia y la sociedad en 2000 años
que vivamente complacidos por la coherencia demostrada por el Sr. Rouco Varela y la Conferencia episcopal con la afirmación precedente (ya que nunca se han manifestado contra la pobreza, la exclusión, el genocidio o la violencia que tanto afectan a este y otros países)
SOLICITAN:
Que bajo la supervisión directa de la Conferencia Episcopal y del Sr. Rouco Varela se reactiven las Leyes Especiales de Nüremberg de 1938 -ya que si lo que reclaman es una ley especial para el colectivo gay, ¿para qué molestarse en hacer otra distinta con el buen resultado que les dió esta?- y se reinstaure la figura de Inquisidor General del Reino con el fín de que la jerarquía de la Iglesia Católica se pueda dedicar tranquilamente a su misión histórica: perseguir la diferencia, torturar al que difiera, ejecutar a todo aquel que no acepte la primacía de la juridicción eclesiastica sobre las leyes civiles.
Suyos atentísimos:
Entregado a traves de la Embajada de la Santa Sede en Guatemala..
Y aquí estamos toda la mara chapina. Lo mismo nos contestan!
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La mirada de Bazille
Hoy he recibido una carta; el conserje del centro me la ha dado (no me fío de que lleguen a casa y doy la dirección del trabajo) e inmediatamente, solo con tocarla, he reconocido a su autor. Un sobre grande hecho con papel tejido a mano de 175 gramos y cerrado por un sello de lacre color rojo: Georges ha vuelto.
Conocí a Georges durante mi año en Venezia. Me lo presentaron en una de las inauguraciones del museo (creo que era una retrospectiva sobre Bacon), en la que destacaba como un faro brillante, con su traje de terciopelo negro hecho a medida, corbatín color marfil y un aire ausente, a medio camino entre el desdén y el aburrimiento. "Cuentan un montón de cosas sobre el", me dijo alguien. Así que me acerqué, le dije mi nombre y comenzamos a hablar. Creo que nos caímos bien: dos días despues le vi sentado en el Quadri (¡el único veneciano que haría eso!) tomándose, disciplente, una copa de champán con fresas, para gozo y delectación de una decena de turistas que le hacían fotos, impresionados ante su aire demodé. Le saludé, me invitó a sentarme y acabamos cenando juntos en un tugurio cercano a San Giacomo dell´Orio. Esa noche me contó su historia:
Georges es hijo de una rumana que se casó con un inglés forradísimo. El dice que sus padres murieron cuando el era niño, en un accidente de avión, pero probablemente sea falso. Lo que está claro es que, de una manera u otra, está forradísimo, y solo: vive en un pequeño palazzo del dieciocho cercano a la Accademia, enfrente del casi único squero que queda en la ciudad. Ha modelado sus hábitos y horarios según la rutina de un patricio dieciochesco: se levanta a las nueve de la mañana y desayuna en la cama (tiene un criado como de noventa años, de Chioggia, que nunca habla. Georges asegura que es mudo porque le cortaron la lengua durante la última guerra mundial. "Así sé que es discreto", dice). Acto seguido se pone un batín de seda, unas zapatillas y no recibe a nadie hasta las doce: se dedica a "revisar la correspondencia". Es un espectáculo verlo: se siente enfrente de un escritorio enorme estilo imperio con un montón de resmas de papel finísimo, que hace traer desde Londres, un tintero y una serie de plumas de ave, cada una con su plumín de plata al final. Como Georges, evidentemente, desprecia las computadoras, internet, e incluso las máquinas de escribir, contesta siempre a mano. Tiene un montón de correspondientes, y sus cartas van a casi todos los lugares del mundo: cuando con mucha ceremonia las llevaba a correos, distinguí direcciones en Japón, Sudáfrica, Argentina.... Escribe lenta y meticulosamente, y es taxativo: no debe ser molestado bajo ninguna circunstancia.
A mediodia se viste -siempre de traje y corbatín, por supuesto-, agarra un bastón magnífico de caoba con un dragón de plata en el pomo y baja a dar su paseo matutino. Durante las dos horas siguientes vaga por la ciudad, saluda educadamente a todo el mundo -los vecinos le adoran, para ellos es casi una leyenda-, compra los periódicos, toma un tentempie en alguno de los baccari más escondidos y enjundiosos de Santa Croce o Canareggio y, cuando se cansa, vuelve a su casa, para comer siempre acompañado de algún invitado.
Estas comidas -a las que he asistí cuatro o cinco ocasiones- son realmente espectaculares: el gran comedor está siempre cubierto por unas pesadísimas cortinas; las paredes estan forradas, literalmente, de tapices de época. En una mesa larguísima, cubiertos de plata, una botella de muy buen vino (pero que muy bueno) y antes de empezar a comer, el ritual: recibe al invitado en pie, exhibe una copa llena, y en francés, brinda por "la mirada de Bazille". Acto seguido bebe la mitad y ofrece el resto a su acompañante, que debe vaciarla. Entonces puede empezar la comida, que siempre consta de tres platos y postre, ceremoniosamente servidos por el sirviente mudo.
Al acabar, Georges se pone a trabajar en serio: desde hace años trabaja en una tesis sobre las relaciones diplomáticas entre Venecia y Roma en el periodo 1715-1766. Lo hace por deporte, porque es elegante y superfluo: así que pasa la tarde sentado en la Biblioteca Marciana, o en el Archivio di Stato, buceando entre manojos de cartas polvorientas, anotando todo aquello que le parece conmovedor, curioso, patético. Disfruta comentando, como si se tratase del último cotilleo, las vicisitudes del cardenal Aldobrandini, sus enfrentamientos con el embajador Zen, la negativa del Santo Padre de reconocer a la Sublime Puerta, el enfado de la Serenissima ante los impuestos excesivos que sus buques deben pagar al atracar en Ancona...Para él eso es la actualidad: todo lo ocurrido en el mundo desde 1800 lo encuentra, francamente, de mal gusto.
Tengo un par de años de no ver a Georges. Por eso su carta me ha sorprendido. La abrí, y solo encontré una frase: "Por la mirada de Bazille". Y no pude, en estos momentos, estar más de acuerdo con él. Así que, Georges, tú que no leerás esto jamás, por Bazille y su mirada moribunda, un verano de 1870 en las afueras de Sedán, porque con ella se iba el mejor pintor impresionista, que luego hubiese descubierto el cubismo veinte años antes que Picasso o Bracque. Por su mirada, por todo lo que se va de este mundo...y sin embargo, permanece.
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Si es que...
Ayer, en Guatemala, nos acostamos todos con el sabor amargo del "se veía venir". En Alta Verapaz, a unos doscientos kilómetros de la capital (que se convierten en seis horas de viaje en camioneta, las tres últimas por una pista de tierra), un cerro se ha desplomado sobre una aldea, arrasando ochenta casas y matando, como mínimo a cuarenta y cinco personas. La mitad, niños menores de diez años.
Y es que se veía venir: Las Verapaces son una zona de media montaña, con profundas hondonadas donde la gente construye sus poblados; rodeados por elevaciones, las utilizan para cultivar milpa, el maiz, mediante el procedimiento de roza y quema. Para ello, ciclicamente, arrasan los bosques y agotan el suelo durante dos o tres años de míseras cosechas que proveen del sustento casi único de los indígenas: las tortillas de maíz.
Es una región pobre de narices: casi sin infraestructura, socialmente dislocada por las masacres militares de los ochenta, con una población indígena históricamente abandonada. El índice de analfabetismo es alto, casi del sesenta y cinco por ciento, el de escolaridad es bajísimo: un veinte en los primeros años. Después, disminuye aún más, a medida que los crios participan en la economía familiar recogiendo leña, cosechando, limpiando zapatos.
El suelo de las montañas, castigado y sin árboles, es una esponja que recoge y acumula el agua de la lluvia. Llega un momento en que, sin raices, la superficie cede y se desploma hacia abajo, sepultando las aldeas. No es algo nuevo: lleva pasando los últimos trescientos años.
Lo sangrante es que, en este caso, se veía venir: CONRED, el presunto organismo nacional para la prevención de desastres, sabía que era un área de altísimo riesgo; no mandaron ningún aviso, no prepararon ningún dispositivo de contención. La Universidad de San Carlos había entregado haces seis meses un informe resaltando que la tragedia era inminente, y las autoridades, directamente, hicieron caso omiso. Y al final, con tres días de lluvias, a las siete de la tarde una montaña de lodo acabó cayendo sobre la aldea de El Calvario.
Y la reacción, como siempre, estupenda: los primeros en llegar para auxiliar a los pobladores, un grupo de médicos cubanos que se hicieron seis horas de marcha a pie, en la oscuridad y bajo la tormenta, y que salvaron vete a saber cuanta gente. Estos cubanos -yo he conocido un par-, son admirables: acaban su carrera allí y vienen a países en desarrollo por periodos bianuales, a vivir en los sitios más remotos, donde no existe el estado, no hay carreteras ni hospitales. Uno se los encuentra en El Salvador, Honduras, Nicaragua, Guatemala. Es gente muy joven, y viven con lo más básico, comiendo perro en ocasiones (esto lo he visto yo en la zona de Sayaxché-Rio de la Pasión), durmiendo en la tierra batida, aislados, a ocho horas del cine más cercano. El material, el viaje, su sueldo exiguo, lo paga el gobierno cubano, a cambio de ninguna contraprestación por parte del país de acogida. Y la gente de aquí los adora, por su competencia profesional, por su buen humor, porque son conscientes de lo que sacrifican viniendo aquí.
Y luego los noticiarios han hablado de un chico norteamericano, de Utah, llamado Harold, agrimensor que trabaja en US Aid, que sacó de una casa derrumbada a siete niños de la misma familia, tres muertos. El ejército y la policía tardaron casi toda la noche en llegar. Si no llega a ser por esta gente, y por los pobladores, el número de muertos sería el doble a estas horas.
Y es que siempre les toca a los mismos en Guatemala. Siempre. Eso, para mi, es violencia: el hambre, la enfermedad y la imprevisión criminal de un gobierno que pasa totalmente de todo.
En fín-
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Primera Castaña.
Pues llegó el momento: Me pongo el casco y los guantes, meto la llave y le doy una patada al pedal de encendido. Nada. Suspiro y le doy otra: silencio absoluto y total. Maldigo un poco entre dientes, me levanto del asiento y le doy una tercera, con todas mis fuerzas: en algún sitio salta una chispa, el motor se pone en marcha y piso el freno con el pie, un poco asustado. Parece bastante potente. Vale.
Ahora, concentración. Intento recordar lo que G. me ha enseñado ayer en el Cementerio General : (¨¡en Guate la gente aprende a conducir en los viales desiertos de los cementerios! Hay carteles prohibiéndolos, y algún piloto roto sobre las lápidas, pero todo el mundo hace caso omiso). "Sinan, tenle respeto a la moto. No la fuerces. Cambia de marcha cuando el motor te lo pida. Controla constantemente los retrovisores. Aléjate de las camionetas, atento en los cruces aunque tengas el semáforo a favor. Y si te sacan una pistola cuando estas parado, bájate con calma y deja que se la lleven".Acto seguido se sentó con una botella de zacapa y dos vasos dispuesto a disfrutar del espectáculo de mi aprendizaje. Bastante sabroso, si tenemos en cuenta que no tengo licencia para conducir y que no he manejado algo con motor en mi vida.
Yo tragaba saliva. La vuelvo a tragar ahora. Embrago, cambio la marcha, suelto el freno, giro la muñeca en el mando de gases y comienzo a moverme por la 4a. Calle, mientras Edgar y Carlos, el vigilante y el jardinero del condominio, que habían observado con escepticismo todo el proceso, me jalean burlonamente y dándose codazos de complicidad.
Al principio es facil. Mi calle está desierta, y es como ir en bicicleta sin dar pedales. Muy despacito paso al lado de la ferreteria "La 14", del Repara-Pinchazo y de la tienda de tapizados. Los cinco hermanos obesos que se afanan destripando una chaise-longue de piel me reconocen y me saludan, un poco dubitativos. Como siempre voy a pie...
Vale, la 12 avenida. Con calma ahora, hay bastantes carros que van y vienen al cementerio de la villa: intermitente, miro a mi izquierda, a la derecha, arriba y abajo y me meto entre el tráfico. Voy demasiado lento, acelero, cambio la marcha, se acerca una camioneta. "Joder", pienso. El piloto se situa detrás de mí y empieza a pitarme.Acelero más. El semáforo está en verde: si consigo pasarlo llegaré a la Diagonal 6, y de allí hasta el Centro son diez minutos. Vuelvo a cambiar de marcha, giro la muñeca un poco y la aguja llega a los sesenta por hora. La camioneta hace lo propio y se me pone a menos de un metro, mientras el verde del semáforo se mantiene, esperanzador.Esto comienza a parecerse demasiado a "El diablo sobre ruedas", pienso complaciéndome por la brillante analogía cinematográfica, mientras me agobio un poco.
Decido pasar el cruce y dejar atrás el decrépito bus rojo; cuarta marcha -la última-, nuevo giro, ochenta kilómetros por hora y empiezo a sudar de verdad debajo del casco integral, adornado por una pegatina bastante incongruente que dice "Si eres fea no me quites el casco". G., cabrón.
Y ocurre el desastre: el verde cambia, de repente, al rojo cuando estoy en la intersección con la veinte calle. No me da tiempo a pasar, los miles de carros que estaban parados en el cruce arrancan como si fuese la salida de Indianápolis. Tampoco creo que frene en un metro. Suelto el acelerador, freno con el pedal, me tiro a la derecha, giro con toda mi fuerza y bajo dos velocidades. La rueda trasera resbala, me voy al suelo limpiamente cruzando toda la calle y acabo en la acera opuesta, contra la tienda de llaves del señor Arón. Un microsegundo despues todo el tráfico pesado matutino de Ciudad de Guatemala pasa por la calzada por la que me he deslizado tan gracilmente.
Me levanto con la ayuda del llavista y un par de clientes suyos: estoy bien, con el pantalon roto y un rozón en la pierna. La moto ha perdido un intermitente y tiene el depósito abollado. La levanto y quito la llave. Ya he tenido suficiente por hoy, pienso, volviendo a casa renqueante llevándola por el manillar y pensando en lo que se va a reir todo el mundo de mí. Humillación.
Necesito más práctica. Pero necesito aprender a usar la moto. El transporte "público" entre comillas me tiene harto, y a la larga es mucho menos recomendable. Prometo tener más cuidado!
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El matrimonio homosexual.
Cuando vuelvo a casa por la noche tiendo a seguir una rutina: me quito las zapatillas, abro una cerveza, me hago algo sencillo de cenar y me siento a ver "The West Wing", una de las mejores series que, obviando su evidente autocomplacencia, se han hecho en los últimos años. Despues me suelo tumbar en la cama a leer, pero a veces cedo a una tentación -cada vez más acuciante- de echarle un vistazo al limbo rutinario y seguro que, en definición de Arponera, es Europa.
Así que me lanzo al zapping más desenfrenado, intentado sintonizar BBC News o Televisión Española internacional. Ayer fue uno de esos días y en la pantalla apareció un programa llamado "59 segundos", en el que Pedro J., un fascista de la COPE, una comentarista de La Razón y algún periodista más de la SER y del Periodico discutían de lo divino y lo humano. Hasta que llegaron al tema de la ley que permitirá el matrimonio y la adopción por parte de homosexuales y lesbianas. En mala hora. El cabreo que me agarré. Los argumentos en contra, aparte de su intrinseca miseria moral, eran absolutamente surreales; y las declaraciones de un par de obispos (señores mayores, sin hijos ni familia, vestidos con sus atuendos litúrgicos -que bien mirado les daban un aspecto absolutamente ridículo) auparon mi presión sanguínea hasta niveles tan solo alcanzados con motivo de alguna Final Four, intervenciones de Acebes entre el 11 y el 13-M y cualquier cosa que tenga que ver con nuestro ex-presidente del gobierno.
Así que me permito copiar un texto que me ha reenviado SuperTania, a ver si conseguimos reirnos un poco de la Era de Oscurantismo que al parecer algunos quieren instaurar:
Estoy completamente a favor del permitir el matrimonio entre católicos.
Me parece una injusticia y un error tratar de impedírselo.
El catolicismo no es una enfermedad. Los católicos, pese a que a muchos no les gusten o les parezcan extraños, son personas normales y deben poseer los mismos derechos que los demás, como si fueran, por ejemplo, informáticos u homosexuales.
Soy consciente de que muchos comportamientos y rasgos de carácter de las personas católicas, como su actitud casi enfermiza hacia el sexo, pueden parecernos extraños a los demás. Sé que incluso, a veces, podrían esgrimirse argumentos de salubridad pública, como su peligroso y deliberado rechazo a los preservativos. Sé también que muchas de sus costumbres, como la exhibición pública de imágenes de torturados, pueden incomodar a algunos.
Pero esto, además de ser más una imagen mediática que una realidad, no es razón para impedirles el ejercicio del matrimonio.
Algunos podrían argumentar que un matrimonio entre católicos no es un matrimonio real, porque para ellos es un ritual y un precepto religioso ante su dios, en lugar de una unión entre dos personas. También, dado que los hijos fuera del matrimonio están gravemente condenados por la iglesia, algunos podrían considerar que permitir que los católicos se casen incrementará el número de matrimonios por "el qué dirán" o por la simple búsqueda de sexo (prohibido por su religión fuera del matrimonio), incrementando con ello la violencia en el hogar y las familias desestrucuturadas. Pero hay que recordar que esto no es algo que ocurra sólo en las familias católicas y que, dado que no podemos meternos en la cabeza de los demás, no debemos juzgar sus motivaciones.
Por otro lado, el decir que eso no es matrimonio y que debería ser llamado de otra forma, no es más que una forma un tanto ruin de desviar el debate a cuestiones semánticas que no vienen al caso: Aunque sea entre católicos, un matrimonio es un matrimonio, y una familia es una familia.
Y con esta alusión a la familia paso a otro tema candente del que mi opinión, espero, no resulte demasiado radical: También estoy a favor de permitir que los católicos adopten hijos.
Algunos se escandalizarán ante una afirmación de este tipo. Es probable que alguno responda con exclamaciones del tipo de "¿Católicos adoptando hijos? ¡Esos niños podrían hacerse católicos!".
Veo ese tipo de críticas y respondo: Si bien es cierto que los hijos de católicos tienen mucha mayor probabilidad de convertirse a su vez en católicos (al contrario que, por ejemplo, ocurre en la informática o la homosexualidad), ya he argumentado antes que los católicos son personas como los demás.
Pese a las opiniones de algunos y a los indicios, no hay pruebas evidentes de que unos padres católicos estén peor preparados para educar a un hijo, ni de que el ambiente religiosamente sesgado de un hogar católico sea una influencia negativa para el niño. Además, los tribunales de adopción juzgan cada caso individualmente, y es precisamente su labor determinar la idoneidad de los padres.
En definitiva, y pese a las opiniones de algunos sectores, creo que debería permitírseles también a los católicos tanto el matrimonio como la adopción.
Exactamente igual que a los informáticos y a los homosexuales.
A ver si les llueve durante la manifestación.
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